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10 feb 2012

13 jul 2011

Miguel Gila: Me morí (de Cuentos para dormir mejor)

Hace años leí este cuento de Gila, que me gustó mucho y utilicé mucho en clase. Sirva hoy de homenaje:

Me morí
Yo no he creído nunca en esa historia de la reencarnación, pero después de haberme muerto varias veces estoy empezando a pensar que algo hay de cierto. Aunque les doy un consejo, yo que tengo experiencia. No se mueran nunca, porque después que te mueres ya ni puedes ir al teatro, ni jugar al dominó, ni veranear en una playa, ni ir a un baile, ni nada de nada, lo mejor es no morirse nunca, porque aunque la vida nos dé problemas y a veces depresiones, vivir es muy bonito. ¡Qué puñeta! Se lo digo yo que me he muerto varias veces. La primera vez que me morí, la culpa la tuve yo. Me lo habían advertido: «No te bañes en plena digestión.» Pero yo, con trece años, ¿qué sabía? No hice caso a mis padres y me tiré al agua cuando hacía media hora que me había comido una tortilla de patatas, cuatro filetes empanados, medio kilo de pan, tres empanadillas de atún y dos plátanos, y aunque me apretaron la barriga y me hicieron la respiración artificial, el boca a boca, no dio resultado. Al llenarse de agua los pulmones se produjo el paro cardíaco y ahí terminó la cosa. La verdad es que lo malo no fue morirme, lo peor fue lo mal que lo pasé tragando agua. Yo levantaba los brazos para que mis padres que estaban en la orilla se diesen cuenta de que me estaba ahogando, pero ellos creían que los saludaba y me contestaban agitando alegremente sus brazos. No sé si alguno de ustedes se ha ahogado alguna vez, pero les doy mi palabra de que se pasa muy mal.
La segunda vez que me morí fue durante la guerra civil, tenía yo veinte años recién cumplidos y una novia que se llamaba Inés. Claro que esta vez no es que me morí, es que me mataron.
Estaba yo en las trincheras, tan contento, silbando flojito para que no me oyera el enemigo, cuando de pronto escuché el estruendo de un cañonazo. No me dio tiempo a nada, el proyectil hizo explosión en el mismo lugar donde estaba yo, y aunque me llevaron en una ambulancia de la Cruz Roja, no me dio tiempo a sobrevivir. Cuando llegamos al hospital, el médico de guardia dijo: «No hay nada que hacer, está muerto.» Les digo la verdad, esta vez sí que me molestó morirme, porque no fue como la primera vez que era un crío, esta segunda vez que me morí estaba en la mejor edad para disfrutar de la vida, pero así son las cosas, la muerte nos llega cuando menos lo esperamos. Toda la familia me lloró mucho, sobre todo Inés, porque habíamos convenido que al final de la guerra nos casaríamos. Y no me pude enterar de cuándo acabó la guerra ni de quién la ganó, si los rojos o los nacionales, y es que, aunque uno sabe que más tarde o más temprano se tiene que morir, da mucha rabia morirse a los veinte años. Lo único que me llena de orgullo es saber que morí luchando por un ideal. No culpo a los artilleros, ellos lo único que hacían era obedecer las órdenes de sus superiores, pero en el fondo aquello fue una cabronada, porque analizando el caso, ¿qué satisfacción podían encontrar con matarme?, pero ya se sabe lo que pasa en las guerras, que te matan ¿y a quién vas a reclamar?
Lo peor de morirse, y en esto tengo experiencia, es la forma, porque la muerte puede ser dulce o amarga, depende de cómo se produzca: hay gente que se acuesta, sufre un paro cardíaco mientras duerme y ni se entera de que se ha muerto, pero si te caes por un acantilado o de un andamio, ustedes no se pueden imaginar las cosas que se pueden llegar a pensar durante el trayecto. Y esto lo digo porque me pasó a mí.
La tercera vez que me morí fue al terminar la guerra. Me coloqué de albañil en un edificio de catorce pisos, y aunque no soy supersticioso estaba trabajando en el piso trece cuando llegó el peón con un montón de ladrillos, se movió el andamio, perdí el equilibrio y caí al vacío; en los pocos segundos que tardé en estrellarme contra el suelo pasó por mi mente toda la historia de mi vida, sin dejarme ni un capítulo. Y si entre alguno de ustedes hay un incrédulo, haga la prueba. Es increíble que el cerebro y la memoria, en esos pocos segundos que se tarda en llegar al suelo, puedan alcanzar una velocidad capaz de hacer ese recorrido por toda nuestra vida. Como si se tratara de un reportaje, van pasando todas las conversaciones y las imágenes de todos los años que hemos vivido hasta ese momento.
La cuarta vez que me morí fue por propia voluntad, porque no es que me muriese, es que me suicidé. Y ustedes no se pueden imaginar lo complicado que resulta suicidarse. Es muy difícil conseguir un arma de fuego, y si la consigues, no sabes si es mejor apuntarte al corazón, a la sien o al paladar. Uno siente cierto temor a la hora de apretar el gatillo, por eso, cuando tomé la determinación de quitarme de en medio, la cosa no resultó nada fácil. Ponerse una soga alrededor del cuello, subirse en una silla o en un taburete y saltar tampoco es moco de pavo, y no digamos arrojarse al vacío desde la terraza de un edificio de veinte pisos, y más en mi caso, que ya tenía la experiencia de aquella vez que me caí del andamio. Finalmente tomé la determinación de hacerlo con barbitúricos. Me tomé catorce pastillas de Valium, pero lo único que conseguí fue dormir como un rey cuatro días seguidos. Después me levanté como si nada hubiera pasado, como si hubiera hecho una cura de reposo. Por eso aumenté la dosis y me metí en el cuerpo ochenta y tantas pastillas. Alguien, no recuerdo quién, me encontró en estado de coma, me llevaron a un hospital, me hicieron un lavado de estómago y vuelta a la vida, medio tonto, pero vivo. No les voy a contar los motivos que me llevaron a tomar esta determinación, pero como mi idea del suicidio seguía latente, mezclé ciento veinte pastillas de varios barbitúricos y sólo así me pude suicidar.
Y para terminar les cuento cómo fue la última vez que me morí. Me acuerdo como si hubiera sido ayer por la tarde. Ya tenía yo ochenta y dos años, tal vez ochenta y tres, no lo recuerdo bien, porque a esa edad ya me fallaba la memoria. Lo que sí recuerdo es que mi nieto decía: «A mí me da mucha pena que se muera el abuelito porque siempre que íbamos de paseo me compraba un helado de vainilla.» Yo, la verdad, no tenía muchas ganas de morirme porque era un día de primavera y en la calle hacía un sol precioso, pero a pesar de que en mi horóscopo decía: «Salud, buena», como los médicos dijeron que lo mío no tenía solución, no tuve más remedio que morirme. Me acuerdo de que vinieron al entierro dos viejecitos que eran amigos míos de tomar el sol, pero nunca supe cómo se llamaba ninguno de los dos. También estuvieron en mi entierro algunos vecinos y mis familiares. No puedo recordar lo que dijo el cura, porque como les explicaba antes, aunque el horóscopo decía: «Salud, buena», yo no andaba bien del oído. Recuerdo, eso sí, que después del entierro se fueron todos a sus casas y yo me quedé allí con las coronas y las flores.
Y aquí me tienen, que aparte de algún catarro no he vuelto a tener ningún problema, y es que lo importante es apreciar la vida, porque aunque a veces las cosas no vienen como uno quiere, vivir es muy bonito, ¡qué puñeta!

6 feb 2009

de usted a tú, titubeos y tropezones

(Oye tú, Presidente,) Tengo una pregunta para usted, es el título del programa de rtve. El pasado 28 de enero acudió a él el presidente Zapatero, dos años después de su primera vez, con el tema de la crisis como eje central.


Ya en la edición primera del 2007 resultaba chocante cómo el presidente, ante más de 16 millones de espectadores más los cien ciudadanos presentes en la sala, contravenía sistemáticamente todos los usos de tratamiento de cualquier variedad del español que se tratase; todas nuestras clases teóricas y prácticas sobre las formas de tratamiento en español tiradas por tierra; la fe de nuestros estudiantes en nuestro trabajo, en nuestras explicaciones, moribunda. Nuestra autoestima, nuestro sustento, en serio peligro.

El Presidente, asesorado por filólogos aficionados y enfermeros de la lengua e incluso, quién lo sabe, asesorado por sí mismo, respondía sistemáticamente de tú cuando era tratado de usted. Usted es facha, tú es guay; usted es autoritario, tú es colega. En lugar de resultar cercano, resultaba soberbio, prepotente y altivo. Aunque no creo que hubieran leído tanto, parecía como si se le hubiera aconsejado usar la "semántica de la solidaridad", sin sopesar que el contexto y las cámaras la transformarían en "semántica del poder". Los asesores de Rajoy tomaron buena nota, y al gallego no se le escapó ni un tú; yo diría que, encima, a diferencia del Presidente, él no tuvo que hacer ningún esfuerzo ni impostar.

Para esta edición del programa, sostenella y no enmendalla, los viejos asesores del presidente le volvieron a recomendar lo mismo: usar indiscriminadamente el tú, como prueba de su fe en la alianza de generaciones, economías, civilizaciones, filiaciones y posiciones. Y géneros y números. Pero se hizo un lío, y fue incapaz de mantener coherentemente el tuteo. Si no os dormís con este incentivo profesional, ahí va otra vez. Sólo dos miembros del público le tutearon a él.

5 feb 2009

comprensión: la familia

Para habitar la extraña casa, la extraña familia de Onze:
Lección Cuatro: Mi familia

Aquí está mi familia: mi esposa, mi hijo, mi hija y yo.
Yo soy el señor García. Mi esposa se llama Doña María López de García; yo soy su marido, soy un hombre, soy un hombre, soy un hombre; mi esposa es una mujer. Tenemos dos hijos: un niño y una niña; se llaman Juan y María. Juan tiene doce años; Maria tiene ocho años.
Yo soy su marido; soy un hombre. Soy un hombre; mi esposa es una mujer. Tenemos dos hijos: un niño y una niña.

31 ene 2009

Lección cuarta: conversación

LA CASA DE ONZE, de Digi Onze




LECCIÓN CUARTA: CONVERSACIÓN

PREGUNTA: ¿Dónde vivimos?

RESPUESTA: Ustedes viven en un chalé.

PREGUNTA: ¿En el campo?

RESPUESTA: No, viven en las afueras de Madrid.

PREGUNTA: Muy bien. Ahora, dígame: ¿Es grande o pequeña nuestra casa?

RESPUESTA: Su casa es bastante grande.


EJERCICIOS:

1.- COMPRENSIÓN:
Está claro que las dos personas que hablan no son dos personas normales que hablan de la casa de una de ellas. ¿Podría decirnos qué relación mantienen entre sí? Elija la opción correcta de las cuatro que se le proponen.

a) profesor y alumno

b) médico y paciente

c) enfermo y mayordomo

d) jefe y aprendiz de espía

2.- COMPOSICIÓN:
Escriba una conversación (preguntas y respuestas) en la que dos personas hablen de la jornada diaria de una de ellas; quien formula las preguntas no tiene ningún interés en la jornada de quien conversa con él.

12 nov 2008

y caían avellanas, tralará

Un breve recuento de las manzanas del ciruelo:

1.- A veces las peras lo son porque no sabemos dónde está o estaba colocada la persona que enuncia:
¡Parece que le estoy viendo, cuando (declarársele) _______ a Pepita! Apenas (ser) _____ capaz de balbucear unas palabras inconexas!.

En esta frase mi problema no son los huecos, no; mi problema es dónde estaba colocada la persona que habla, quién era, qué relación tenía con la pareja, a quién se lo cuenta y por qué. Una alumna me dio la solución: quien habla es un perro. Ocurre así que muchas actividades del tipo que sean exigen del estudiante que se coloque en posiciones imposibles escuchando, hablando, interactuando o resolviendo enigmas lingüísticos.

2.- Tirando piedras a las viejas destrezas, la Comprensión Auditiva -hallazgo feliz de la modernidad metodológica aliada con la tecnología- me parece normalmente un fraude. Pero no por el hecho de que aparezcan preguntas al final del texto: es verdad que a mí como hablante eso no me suele ocurrir cuando hablo o escucho hablar, y menos aún con ítems de selección múltiple; eso lo acepto porque no se me olvida que el aula es el aula, y el objetivo es el objetivo y para qué hemos venido aquí si no.

2a.- Lo que pasa es que, epistemológicamente, los textos que aparecer en este formato suelen ser imposibles, especialmente los diálogos; los monólogos me son más tolerables. En los diálogos normalmente participamos. A veces simplemente los presenciamos, es verdad, pero pocas veces: en el autobús, en el restaurante, en las salas de espera y haciendo cola, sobre todo si estamos solos. En cualquier caso, participemos o no, para descodificar y codificar el mensaje lingüístico en una conversación de dos o más participantes nos servimos de montones de cosas, entre otras de lo visual y lo quinésico: vemos a los intelocutores o a nuestro interlocutor, sabemos dónde estamos y lo que nos rodea; usamos los códigos y la información visual para completar el mensaje lingüístico. Pues bien, a nuestros pobres estudiantes, y desde el primer día, los sometemos al tercer grado: descodificar intervenciones sin apoyo visual, el primer día de clase y en una lengua que no es la suya.

2b.- Dentro de los textos de CA, son mis preferidos los que se constituyen como conversaciones telefónicas: ¡nuestros alumnos oyen una conversación completa, a los dos interlocutores, sin estar al teléfono, oh milagro! Por mucho eco que le pongan los técnicos de sonido a una de las dos voces, es un fraude; en la realidad, sólo apreciaríamos ese efecto estando nosotros mismos al teléfono, hablando. Excepto en el despacho de algunas personas maleducadas, nadie escucha a los dos interlocutores de una conversacón telefónica; si se pone el altavoz, además, es para hablar a tres.

2c.- Es verdad que en la radio se conversa, pero sabemos bien que los textos que nos proponen los manuales no son de la radio; son de este tipo: un supuesto grupo de estudiantes o de amigos interactúa el primer día de clase o en una fiesta: presenta y se presenta, pregunta por la profesión, la dirección, la edad, etc., habla de sus gustos o de su jornada e interactúa a partir de eso con otros. No, no son tertulias de la radio.

3.- Y qué decir de la Expresión Escrita, que ha mejorado mucho con pasar a llamarse Interacción Escrita. Con frecuencia para muchos estudiantes, todas las pruebas y ejercicios que se puedan preparar son falsos: en la vida real y en su propia lengua jamás se ven expuestos a esas tareas o bien consiguen esquivarlas con éxito. Y si las ejecutan, no es en las dosis ni con la frecuencia con que nosotros se las suministramos en la clase de español; porque tienen que hacerlo, para qué estamos aquí si no: protestar por escrito, escribir una carta formal, hacer una solicitud, escribir una carta de presentación acompañando un currículum, etc.

3a.- Gracias a Internet, los textos de opinión tienen ahora razón de ser: un comentario a una noticia, a una entrada de blog, una entrada de blog propiamente dicha, etc. Y también los textos expositivos e informativos, individuales y colectivos han encontrado vida gracias a las posibilidades que ofrece Internet: preparar y publicar una entrada en la Wikipedia, elaborar un texto como entrada de un blog individual o colectivo...

4.- Si siguiéramos por el camino de las antiguas destrezas o las pruebas del DELE nos toparíamos con la Gramática. Y sin embargo, esas tareas sí son reales: son lo que son y ya está; qué pintamos en clase de español, si no. Claro que me refiero a las buenas tareas de gramática, porque las hay buenas (algunas) y malas y regulares. La Comprensión Lectora tapoco plantea problemas en sí misma, prescindiendo claro de que al final se hacen preguntas; no obstante, ni los manuales, ni las pruebas ni nuestras rutinas de clase están ampliando el catálogo de textos escritos. Se están desarrollando nuevos tipos de texto que exigen nuevos tipos de lectura, que aún no han sido incorporados a las clases: la lectura web (con hipervínculos y con diversidad de tipología textual también), las presentaciones... Y por último la Interacción Oral, que puede ser todo lo auténtica que nosotros queramos.

7 nov 2008

interlengua de los libros de texto

A propósito, de nuevo, de la autenticidad, una reflexión interesante:

Si Selinker denominó interlanguage el lenguaje transitorio del aprendiente de una lengua extranjera, nosotros quisiéramos ampliar el significado de este término y aplicarlo también al lenguaje empleado en los libros de texto de lenguas extranjeras, al menos a aquellos que se basan en textos (en su mayoría diálogos con presunto lenguaje oral) que han sido elaborados expresamente para estos libros, y que por lo tanto también contienen errores, si entendemos como tales las desviaciones con respecto a la lengua como la utilizan los nativos (...).

Esta interlengua de los libros de texto presenta unas características sorprendentemente parecidas al lenguaje de los aprendientes. Ambas contienen errores en comparación con la lengua meta (pueden aparecer hasta elementos de la primera lengua si el libro fue escrito para aprendientes de una misma lengua materna), ambas se basan en un sistema gramatical y ambas son finalmente inestables según avance el proceso de adquisición o aprendizaje. Además, quisiéramos insistir en el hecho de que la interlengua no se produce en el momento del output - cuando es audible o legible por otro - sino ya antes, cuando se reconstruye la información recibida y el input se convierte en intake. Y quisiéramos introducir un término más, el del outtake – en analogía al intake – para distinguir lo que los profesores y libros de texto “pretendemos obtener” de los aprendientes, de lo que éstos producen realmente (output).

Ese acartonamiento que percibimos en los manuales (es verdad que, afortunadamente, cada vez menos pronunciado) tiene ahora nombre. En cierto modo es, pues, inevitable. Me quedo más tranquila.

19 oct 2008

Realidad y ficción en la clase de ELE

Mi formación y mi devoción por el barroco me llevaron a elegir este título para la tertulia organizada por el Instituto el viernes pasado (calificar el evento como tertulia es más que nada un deseo -quizás otra mentirijilla más-, porque sólo lo logramos relativamente). Se presentaba así:

¿Tiene razón de ser la exigencia de realidad, con frecuencia extrema, que nos hacemos como profesores? ¿Cuáles son sus límites y sus limitaciones? ¿Hay hueco para la ficción y puede ser ella misma también un factor de realidad? En nuestra labor de docentes de español, en los materiales que aportamos o las actividades que programamos e incluso en la lengua que intentamos transmitir, ¿debemos plantearnos ser reales, ser veraces o ser verosímiles? Y aún más allá: los roles y situaciones didácticos, ¿son verdaderos? ¿No debemos concluir que la ficción también existe, que es de verdad real, y que puede ayudar a nuestros objetivos?

La novela moderna, que perseguía un deseo, fue la respuesta de la ficción a la sospecha de encontrar mentiras en la historia y verdades en la poesía, o al revés. Se trataba de suspender la exigencia de verdad mediante un pacto tácito suscrito por un receptor a quien no importaba la verdad de la historia como tal verdad, sino como mentira verdadera. En el mundo de la metodología de la enseñanza de lenguas, la evolución del método comunicativo y su descubrimiento de la "tarea" es también la respuesta verosímil a la intrínseca artificialidad de la enseñanza de lenguas a adultos. En el pacto suscrito por profesor y alumnos, la exigencia de verdad es una exigencia poética: que lo que ocurre en clase parezca verdad, que sea posible. Ahora la tecnología viene a hacer verdad en el mundo virtual ciertas actuaciones que en clase se tenían que limitar sólo a parecerlo, ¿y qué papel le corresponde al profesor en ese mundo? ¿Será capaz de renunciar a su papel sancionador o se lo permitirán sus alumnos? ¿Debe sentirse en la obligación de estar ahí, y con el boli rojo?

Éste es el guión de la tertulia:


15 jun 2008

juventud


Haciendo limpieza el otro día en la sala de profes, descubrimos algo que nos enterneció: en un examen de no hace tantos años le pedíamos al alumno (y cito de memoria): "lee el diálogo que has mantenido con el policía y contesta las preguntas".

¡Si éramos así de jóvenes sólo hace un lustro no podemos ser tan viejos ahora! ¡Qué ternura! ¡Qué inocencia! Profesábamos la fe de que había que implicar al alumno como fuera, y si había que hacer de él un personaje de ficción, pues pidiéndole permiso o sin pedírselo, lo hacíamos y punto. Divino tesoro, ya te vas para no volver. Ahora escribir una línea de instrucciones nos cuesta dios y ayuda, porque a nuestra fe no hemos renunciado, pero somos mucho más pellejos.

21 may 2008

Me ahogo en realidad

Ayer inauguraron la nueva página de RTVE: http://www.rtve.es/. Dios mío, y creíamos que you tube era un universo inabarcable lleno de material auténtico. Esto sí que es material auténtico, qué baño. Y todo sincrónico y todo presente, real y actual (como en inglés): Historias para no dormir y Chikilicuatre, La bola de cristal y los mileuristas, el telediario de hoy y Mariano Medina. Todo a disposición del profesor de español. De nuevo el vértigo borgiano del teclado y de los espejos. De uno de los demasiados blogs tecn2.0lógicos que lee mi reader, tomé la decisión de descargar mi Doublekiller, asesino en serie (a sueldo mío) de archivos duplicados. Lo probé, y resulta que luego que me localizó los duplicados no me atreví a borrar. ¿Y si le pasáramos el doublekiller a la Red enterita? ¿Cuáles serían sus dimensiones entonces? ¿Tendría sentido la propia Red si no hubiera doubles, ecos, espejos, repetidores, antenas? ¿Descubriríamos felices que nosotros también somos doubles?
Una vez, cuando yo era aprendiz de filóloga, me encontré en una cola de la fotocopiadora del CSIC a un famoso catedrático del que tantos libros habíamos consultado. Me dijo que éramos afortunados los jóvenes, que en sus tiempos no había fotocopiadoras. En la Nacional (otro vértigo) seguía la sala de los ficheros, repletos de fichas escritas con excelente caligrafía de pluma (¡yo escribía con plumilla en la escuela de mi pueblo, y me descubro llamando todavía plumier al estuche de mis hijos!) y manoseadas con respeto durante siglos. Una vez consulté el Dioscórides, Dios mío. La novedad eran las microfichas, que se estaban introduciendo. En mi Universidad me dieron la microficha de mi tesis, prodigio de nuevas tecnologías, no sé por dónde andará. Sólo eran los 80; la bola de cristal no podía imaginar cómo iba a ser la entrada al siglo XXI.
Cuando llegué a Inglaterra, en la primera mitad de esa década, la novedad era la edición internacional en papel biblia de El país, periódico que hoy se llama global. Cuántas clases le debo, y con lo pequeñito que era. Luego, ya más cerca de España, al otro lado del Estrecho, en esta carrera en busca del material auténtico, descubrimos el filón de los suplementos semanales atrasados, que vendían baratos en la medina, y los vídeos VHS, porque llegaba la señal de tv del repetidor de Málaga y el ingenio popular marroquí había inventado sin patentar las parabólicas hechas con cuscuseras de aluminio, que mejoraban la señal. Doy fe.

Qué mayor me estoy haciendo.

A propósito de esto, el otro día hablábamos en la sala de profes si de verdad creíamos que ahora enseñábamos mejor. Y sí: yo creo que sí se hace mejor. Que el éxito en los resultados haya aumentado en la misma proporción, eso ya no lo sé. Yo diría que no, que en la misma proporción no. Pero, por Dios, la Palo, mi profesora de francés, es ya un fósil de las salas de profes (quizás lo era ya la pobre en los 70), aunque es verdad que se puede ser Palo con tecnología e Internet. Que haberlos, haylos.