6 jul. 2014

La ecuación del trabajo en equipo: [respeto + cooperación = eficiencia]

Imagen de Wikipedia
Llevo un mes aprendiendo muchísimo gracias a la conjunción de dos factores: trabajo en grupo (pequeño) y trabajo a distancia.

Creo que, del mismo modo que el aprendizaje a distancia es más duradero y más interiorizado, también el trabajo a distancia en equipo (pequeño) se hace sólido y productivo, con la combinación de momentos de actividad asíncrona (realizada individualmente sobre el trabajo de los otros) y encuentros síncronos, en los que se produce el calor humano, la interacción abierta, el intercambio, la toma de decisiones el reparto de responsabilidades. La tecnología nos lo permite, tenemos esa suerte; sólo unos pocos años atrás, esta combinación era imposible.

He sido muy afortunada con mi grupo, y quizás con otros no hubiera sido lo mismo. Hemos trabajado bien porque nos hemos respetado, hemos partido de la base de que nos necesitábamos porque cada una tenía cosas que aportar; nos ha sido fácil establecer normas, canales de comunicación, plazos (flexibles, porque han sido muy buenas y tolerantes conmigo), hemos compartido las ideas, que no tenían dueño ni derechos de autor; hemos sido optimistas, hemos repartido de vez en cuando un chiste y una sonrisa; nos hemos animado, porque íbamos viendo resultados que nos satisfacían; hemos sabido ceder o persuadir, razonar, convencer, compartir, empujar y tirar. Nos hemos compenetrado muy bien, por encima del huso horario y del hecho de que fuéramos unas desconocidas, al principio, las unas para las otras, y por encima, después, de las diferencias de carácter y personalidad, que se reflejaban en nuestro trabajo; hemos sabido aprovechar esas diferencias como riquezas, y eso ha contribuido a que al final todas nos sintiéramos agradecidas y gratificadas.
Imagen de geralt en pixabay

Me resulta además curioso, porque en octubre pasado hice un curso titulado "Gestión de equipos", en el que en ningún momento trabajamos en equipo. Y, sin embargo, en éste, en cuyo título no aparece por ningún lado ni el término equipo ni el término grupo, es donde más he aprendido y disfrutado de este modo de trabajo.

Con todas estas experiencias y mirando de cerca el test de competencias para el trabajo en equipo que nos recomienda nuestro tutor, hago mis particulares tablas de la ley, (partiendo de la base de que el equipo comparte unos objetivos):

  1. Creer que uno mismo enriquece el grupo y creer que el resto del equipo lo enriquece a uno.
  2. Aportar ideas y hacer propias ideas de otros.
  3. Mediar, si es necesario.
  4. Razonar, convencer, persuadir.
  5. Razonar, ceder, asumir.
  6. Repartir y asumir responsabilidades.
  7. Respetar los plazos.
  8. Ser flexible y respetuoso con las circunstancias personales de cada cual.
  9. Ser optimista y empujar. Ser optimista y tirar.
  10. Sonreír y hacer sonreír.
Y estas diez recomendaciones se cierran en dos:
  • respeto y
  • cooperación
Imagen de OpenClips en Pixabay




¿Soy competente en la gestión de la información?



En una época como ésta, donde la información es ubicua y accesible, es urgente aprender a gestionarla.

Como madre, es lo que le pido a la escuela, aunque la escuela insiste en ignorar que todos los chavales van con un  pozo de san Agustín en el bolsillo, y les sigue preguntando poco menos que la lista de los reyes godos, con los alumnos puestos en fila india, como en la escuela de mi infancia en blanco y negro (según mi hija: -Mami, cuando tú eras pequeña, ¿era todo en blanco y negro?).


Y como ciudadana de este mundo digital, contenta de haber tenido la suerte de que me tocara vivir en él, me planteo de forma recurrente la pregunta acerca de si soy competente, y cuánto, no sólo accediendo a información de calidad, sino, sobre todo, gestionándola.

Una de mis fortalezas es la curiosidad, que me lleva a acceder a mucha información y (creo, porque tengo espíritu crítico) de calidad; pero reconozco que en cuanto a organización tengo todavía que mejorar mucho. Utilizo herramientas tecnológicas para navegar y dominar ese mar de información (marcadores, revistas, tableros, paneles), pero a veces las mismas herramientas que me deberían ayudar, se me multiplican o las desatiendo, y a veces redescubro con sorpresa elementos que había almacenado, clasificado y olvidado. Y en esos momentos me queda claro que no lo estoy haciendo bien del todo.

Porque la información no vale si sólo se almacena, y muchas veces nuestro innato sentido de la propiedad nos ciega frente a las posibilidades de lo que almacenamos: lo descargo, lo tengo, lo clasifico, lo almaceno, es mío, y ya. Me olvido.

La información sólo vale si aporta cambios en mí, en mi contexto inmediato, en mi entorno; sólo vale si añade significado, si trasciende. En el fondo, de eso se trata: de restituir, de agradecer, y no atesorar avaramente lo que el mar se tragará.





Mi PLE esencial


Después de las últimas entradas y casi como colofón del excelente curso Habilidades digitales de gestión de proyectos para responsables de equipos docentes, del Centro de Formación de Profesores del Instituto Cervantes, voy a destilar aquí cómo creo que funciona esencialmente mi ecosistema de aprendizaje, y, conscientemente, voy a prescindir de los nombres concretos o marcas de las herramientas tecnológicas de las que en tantos casos me sirvo. Son sólo dos pasos:
  1. Recibo estímulos e información desde muchos sitios y desde muchas personas, consciente o inconscientemente enviados y consciente o inconscientemente recibidos por mi parte: las personas que me rodean o que me rodearon: mis profesores, mis alumnos, mi familia, mis compañeros, mis amigos, directamente o a través de las redes sociales; la formación recibida y la que recibo de modo plenamente consciente y más o menos formal (inscripciones a cursos, MOOC), la que me procuro a través de mis libros o mis vídeos, o mis suscripciones o mis redes profesionales o mis sitios favoritos, la que me viene dada por mi vida laboral (documentos profesionales que necesariamente tengo que manejar para hacer mi trabajo)... Todo sirve, todo fecunda el cerebro.
  2. Con una parte (siempre demasiado pequeña) de esa información, puedo hacer tres cosas, no excluyentes: como una biblioteca organizada, retenerla y clasificarla; como un eco o un altavoz, difundirla y matizarla (distorsionarla), y, demasiado pocas veces, como un nodo en la red, recrearla e incluso enriquecerla con mi propia visión o mi matiz. La información pasa por mi boca, por mis dedos, y escribo o hablo: mi cuaderno, mis charlas, mis cursos, y ya lleva también algo de mí.
Lógicamente, entre el paso 1 y el paso 2 puede haber (bueno, en mi caso de hecho hay) un enorme tiempo de latencia. Puede ocurrir también que un estímulo nuevo fecunde una idea vieja u olvidada, que creía muerta o inútil. Y, por supuesto, puede ocurrir que muchos estímulos se pierdan porque mi cerebro no da para tanto. No obstante, sostengo que de algún modo Internet nos hace dioses, porque nos acerca a la inmanencia y a la ubicuidad y atemporalidad. Pero dioses humildes, conscientes de que nada se crea, todo se recrea. Miren: