6 jul. 2014

¿Soy competente en la gestión de la información?



En una época como ésta, donde la información es ubicua y accesible, es urgente aprender a gestionarla.

Como madre, es lo que le pido a la escuela, aunque la escuela insiste en ignorar que todos los chavales van con un  pozo de san Agustín en el bolsillo, y les sigue preguntando poco menos que la lista de los reyes godos, con los alumnos puestos en fila india, como en la escuela de mi infancia en blanco y negro (según mi hija: -Mami, cuando tú eras pequeña, ¿era todo en blanco y negro?).


Y como ciudadana de este mundo digital, contenta de haber tenido la suerte de que me tocara vivir en él, me planteo de forma recurrente la pregunta acerca de si soy competente, y cuánto, no sólo accediendo a información de calidad, sino, sobre todo, gestionándola.

Una de mis fortalezas es la curiosidad, que me lleva a acceder a mucha información y (creo, porque tengo espíritu crítico) de calidad; pero reconozco que en cuanto a organización tengo todavía que mejorar mucho. Utilizo herramientas tecnológicas para navegar y dominar ese mar de información (marcadores, revistas, tableros, paneles), pero a veces las mismas herramientas que me deberían ayudar, se me multiplican o las desatiendo, y a veces redescubro con sorpresa elementos que había almacenado, clasificado y olvidado. Y en esos momentos me queda claro que no lo estoy haciendo bien del todo.

Porque la información no vale si sólo se almacena, y muchas veces nuestro innato sentido de la propiedad nos ciega frente a las posibilidades de lo que almacenamos: lo descargo, lo tengo, lo clasifico, lo almaceno, es mío, y ya. Me olvido.

La información sólo vale si aporta cambios en mí, en mi contexto inmediato, en mi entorno; sólo vale si añade significado, si trasciende. En el fondo, de eso se trata: de restituir, de agradecer, y no atesorar avaramente lo que el mar se tragará.





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