17 jul. 2011

Los cotillas

Lo bueno que tienen las redes sociales es que no admiten mirones. Hacer lo que ha hecho el de la foto es, sobre todo, hacer el ridículo. Me pregunto quiénes serán sus ¡seis! amigos y por qué no le han mandado todavía a algún sitio, a aprender ciudadanía y sociabilidad.
Me viene al pelo para ilustrar el fenómeno del parasitismo en las redes, por fortuna cada vez menos frecuente y pocas veces tan excesivo. Eligió el burka para salir a la plaza pensando, estulto como el avestruz, que así nadie lo vería y él podría verlo todo. Y ahora se encuentra en medio de la plaza, con su ridículo disfraz, y sin poder enterarse de nada. En la sociedad en red sólo recibe el que da, y el que sólo quiere ser espectador se queda solo y atrás.

13 jul. 2011

Miguel Gila: Me morí (de Cuentos para dormir mejor)

Hace años leí este cuento de Gila, que me gustó mucho y utilicé mucho en clase. Sirva hoy de homenaje:

Me morí
Yo no he creído nunca en esa historia de la reencarnación, pero después de haberme muerto varias veces estoy empezando a pensar que algo hay de cierto. Aunque les doy un consejo, yo que tengo experiencia. No se mueran nunca, porque después que te mueres ya ni puedes ir al teatro, ni jugar al dominó, ni veranear en una playa, ni ir a un baile, ni nada de nada, lo mejor es no morirse nunca, porque aunque la vida nos dé problemas y a veces depresiones, vivir es muy bonito. ¡Qué puñeta! Se lo digo yo que me he muerto varias veces. La primera vez que me morí, la culpa la tuve yo. Me lo habían advertido: «No te bañes en plena digestión.» Pero yo, con trece años, ¿qué sabía? No hice caso a mis padres y me tiré al agua cuando hacía media hora que me había comido una tortilla de patatas, cuatro filetes empanados, medio kilo de pan, tres empanadillas de atún y dos plátanos, y aunque me apretaron la barriga y me hicieron la respiración artificial, el boca a boca, no dio resultado. Al llenarse de agua los pulmones se produjo el paro cardíaco y ahí terminó la cosa. La verdad es que lo malo no fue morirme, lo peor fue lo mal que lo pasé tragando agua. Yo levantaba los brazos para que mis padres que estaban en la orilla se diesen cuenta de que me estaba ahogando, pero ellos creían que los saludaba y me contestaban agitando alegremente sus brazos. No sé si alguno de ustedes se ha ahogado alguna vez, pero les doy mi palabra de que se pasa muy mal.
La segunda vez que me morí fue durante la guerra civil, tenía yo veinte años recién cumplidos y una novia que se llamaba Inés. Claro que esta vez no es que me morí, es que me mataron.
Estaba yo en las trincheras, tan contento, silbando flojito para que no me oyera el enemigo, cuando de pronto escuché el estruendo de un cañonazo. No me dio tiempo a nada, el proyectil hizo explosión en el mismo lugar donde estaba yo, y aunque me llevaron en una ambulancia de la Cruz Roja, no me dio tiempo a sobrevivir. Cuando llegamos al hospital, el médico de guardia dijo: «No hay nada que hacer, está muerto.» Les digo la verdad, esta vez sí que me molestó morirme, porque no fue como la primera vez que era un crío, esta segunda vez que me morí estaba en la mejor edad para disfrutar de la vida, pero así son las cosas, la muerte nos llega cuando menos lo esperamos. Toda la familia me lloró mucho, sobre todo Inés, porque habíamos convenido que al final de la guerra nos casaríamos. Y no me pude enterar de cuándo acabó la guerra ni de quién la ganó, si los rojos o los nacionales, y es que, aunque uno sabe que más tarde o más temprano se tiene que morir, da mucha rabia morirse a los veinte años. Lo único que me llena de orgullo es saber que morí luchando por un ideal. No culpo a los artilleros, ellos lo único que hacían era obedecer las órdenes de sus superiores, pero en el fondo aquello fue una cabronada, porque analizando el caso, ¿qué satisfacción podían encontrar con matarme?, pero ya se sabe lo que pasa en las guerras, que te matan ¿y a quién vas a reclamar?
Lo peor de morirse, y en esto tengo experiencia, es la forma, porque la muerte puede ser dulce o amarga, depende de cómo se produzca: hay gente que se acuesta, sufre un paro cardíaco mientras duerme y ni se entera de que se ha muerto, pero si te caes por un acantilado o de un andamio, ustedes no se pueden imaginar las cosas que se pueden llegar a pensar durante el trayecto. Y esto lo digo porque me pasó a mí.
La tercera vez que me morí fue al terminar la guerra. Me coloqué de albañil en un edificio de catorce pisos, y aunque no soy supersticioso estaba trabajando en el piso trece cuando llegó el peón con un montón de ladrillos, se movió el andamio, perdí el equilibrio y caí al vacío; en los pocos segundos que tardé en estrellarme contra el suelo pasó por mi mente toda la historia de mi vida, sin dejarme ni un capítulo. Y si entre alguno de ustedes hay un incrédulo, haga la prueba. Es increíble que el cerebro y la memoria, en esos pocos segundos que se tarda en llegar al suelo, puedan alcanzar una velocidad capaz de hacer ese recorrido por toda nuestra vida. Como si se tratara de un reportaje, van pasando todas las conversaciones y las imágenes de todos los años que hemos vivido hasta ese momento.
La cuarta vez que me morí fue por propia voluntad, porque no es que me muriese, es que me suicidé. Y ustedes no se pueden imaginar lo complicado que resulta suicidarse. Es muy difícil conseguir un arma de fuego, y si la consigues, no sabes si es mejor apuntarte al corazón, a la sien o al paladar. Uno siente cierto temor a la hora de apretar el gatillo, por eso, cuando tomé la determinación de quitarme de en medio, la cosa no resultó nada fácil. Ponerse una soga alrededor del cuello, subirse en una silla o en un taburete y saltar tampoco es moco de pavo, y no digamos arrojarse al vacío desde la terraza de un edificio de veinte pisos, y más en mi caso, que ya tenía la experiencia de aquella vez que me caí del andamio. Finalmente tomé la determinación de hacerlo con barbitúricos. Me tomé catorce pastillas de Valium, pero lo único que conseguí fue dormir como un rey cuatro días seguidos. Después me levanté como si nada hubiera pasado, como si hubiera hecho una cura de reposo. Por eso aumenté la dosis y me metí en el cuerpo ochenta y tantas pastillas. Alguien, no recuerdo quién, me encontró en estado de coma, me llevaron a un hospital, me hicieron un lavado de estómago y vuelta a la vida, medio tonto, pero vivo. No les voy a contar los motivos que me llevaron a tomar esta determinación, pero como mi idea del suicidio seguía latente, mezclé ciento veinte pastillas de varios barbitúricos y sólo así me pude suicidar.
Y para terminar les cuento cómo fue la última vez que me morí. Me acuerdo como si hubiera sido ayer por la tarde. Ya tenía yo ochenta y dos años, tal vez ochenta y tres, no lo recuerdo bien, porque a esa edad ya me fallaba la memoria. Lo que sí recuerdo es que mi nieto decía: «A mí me da mucha pena que se muera el abuelito porque siempre que íbamos de paseo me compraba un helado de vainilla.» Yo, la verdad, no tenía muchas ganas de morirme porque era un día de primavera y en la calle hacía un sol precioso, pero a pesar de que en mi horóscopo decía: «Salud, buena», como los médicos dijeron que lo mío no tenía solución, no tuve más remedio que morirme. Me acuerdo de que vinieron al entierro dos viejecitos que eran amigos míos de tomar el sol, pero nunca supe cómo se llamaba ninguno de los dos. También estuvieron en mi entierro algunos vecinos y mis familiares. No puedo recordar lo que dijo el cura, porque como les explicaba antes, aunque el horóscopo decía: «Salud, buena», yo no andaba bien del oído. Recuerdo, eso sí, que después del entierro se fueron todos a sus casas y yo me quedé allí con las coronas y las flores.
Y aquí me tienen, que aparte de algún catarro no he vuelto a tener ningún problema, y es que lo importante es apreciar la vida, porque aunque a veces las cosas no vienen como uno quiere, vivir es muy bonito, ¡qué puñeta!

5 jul. 2011

La Historia de la Humanidad hasta hoy

Durante tres días de esta semana he compartido con algunos de mis compañeros de trabajo un taller que hemos titulado HERRAMIENTAS DE INTERNET y que yo subtitulé Desde el despacho de al lado, intentando destacar la horizontalidad y la preponderancia, como metáfora, de las redes sobre los árboles. El objetivo que me marcaron y que originó mi compromiso era sobre todo presentar y juguetear con las herramientas gratuitas que Internet pone a nuestra disposición para mejorar nuestro rendimiento personal y laboral, haciendo nuestra vida más fácil. Yo no soy ninguna experta, ni mucho menos; yo simplemente he jugueteado mucho (o trasteado, como dicen ahora), porque intuía que me podía aportar muchas cosas y allanar muchos caminos.

Pero con las múltiples e inevitables presentaciones y jugueteos se corre el riesgo de montar una especie de álbum o de itinerario de diferentes servicios (que sin duda serán otros pasado mañana) sin que se perciba y ni siquiera se intuya lo realmente importante, es decir: la tremenda dimensión del cambio de paradigma que nos ha tocado vivir. Así que decidí que lo primero que tenía que hacer era enmarcar, hacer explícitas todas las implicaciones, situar esta revolución del conocimiento humano en relación a las otras que ha habido. De modo que era inevitable subirse al púlpito y soltar un sermón, y es lo que hice (reconozco que echar sermones no me cuesta mucho trabajo, porque me viene de familia).

Además, hace mucho tiempo que me pregunto dónde están mis amigos y colegas en Internet.  Le he dedicado mucha reflexión a este asunto, porque me preocupa mucho. Yo misma soy una especie de conversa de las redes sociales; acepté una invitación a Facebook hará tres años y, a pesar de mi pasión por Internet, me borré casi inmediatamente, un poco asustada y sin entender nada. Ahora tengo más "amigos" en Facebook de la edad de mis sobrinos que de la mía, y son poquísimos los que son de mi generación o la de mis hermanos. Mis amigos de toda la vida, mis colegas de casi media vida, la mayoría de ellos pertenecientes al mundo de la docencia, tienen mil prevenciones contra Internet, y no están por ningún lado. A mí me parece terrible que se aparten de la realidad de sus alumnos y que desprecien sin conocerla un arma que está determinando ya y cambiando irremisiblemente el mundo de la educación tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Tengo una teoría de por qué rechazan Internet y sobre todo de por qué rechazan  Facebook o cualquier red social tan virulentamente.

Así que para intentar explicar todo esto, seré breve y hablaré de la Historia de la Humanidad hasta hoy.

La historia de la humanidad hasta el día de hoy ha consistido en perseguir dos de los atributos de la divinidad: la ubicuidad y la eternidad, para romper las barreras que nos imponen el tiempo y el espacio. El ser humano persigue romper la linealidad del tiempo que le lleva del pasado hacia el futuro, y hacerla círculos como quien la hace añicos, recuperando el pasado y haciendo presente el futuro. Y pretende también superar las del espacio y poder llegar más lejos del propio cuerpo y poder estar en muchos sitios a la vez.

En la Prehistoria, el desarrollo del lenguaje fue clave en la hegemonía del sapiens-sapiens. Con el lenguaje, el sapiens tocaba más allá de sus manos, incidía en el exterior más allá de sus manos. Gracias al lenguaje. Un lenguaje no instintivo, un lenguaje que implica socialización, porque es un instrumento que sólo se aprende a usar si lo aprendes de otros (las redes sociales nos hicieron humanos). Un lenguaje hablado que muy pronto se tradujo a símbolos, destinados a otros individuos que no comparten forzosamente ni el mismo tiempo ni el mismo espacio, lo cual anula una de las características fundamentales de la lengua natural: la transitoriedad. Los símbolos garantizan la permanencia en el tiempo, pero también anulan la linealidad del modo de comunicación audiovocal, donde lógicamente para ser comprensible se empieza por el primer elemento (sonido, sílaba, palabra, frase...) de la cadena y se acaba por el último.

La Historia más tarde comenzó con la invención de la escritura (una invención que ocurrió más o menos en muchos lugares distintos a la vez, porque era inevitable). La escritura viene a ser una representación sistemática de la lengua hablada, y por lo tanto, una fijación; con la escritura, la lengua supera los límites espaciotemporales y se hace reproducible en su propia transitoriedad. Al mismo tiempo esa fijación y esa reproductibilidad fijan, consolidan, fortalecen el orden social y económico a través de los contratos, tratados, registros... Poseer o controlar los secretos de la escritura garantizaba poder y hegemonía (recuérdese cómo se maldice a los escribas en el Nuevo Testamento: eran los que escribían y los que interpretaban las leyes). Para quienes no estaban en el secreto, la escritura era casi algo mágico y arcano: pensemos que las religiones hegemónicas fueron las religiones del Libro. Recordemos después a la Iglesia y sus manuscritos miniados, su laborioso proceso de edición que garantizaba una difusión mínima y controlada.

Pero en 1450 Gutemberg, con una vieja prensa de vino tuneada, fabrica la Edad Moderna, a la que sólo ahora estamos despidiendo. La invención de la imprenta acarreó un nuevo mundo: la reproductibilidad propia de la escritura se multiplicaba y aceleraba de un modo inimaginable, y por lo tanto el acceso a los libros se extendía tanto como se abarataba, y sobre todo, dejaba de estar controlado. La copia ahora era exacta, la lectura se democratizaba, y la escritura se desacralizaba, se convertía en negocio, en objeto de comercio, se exploraban nuevos públicos, nuevos temas: un progreso inimaginable, una revolución que ha durado hasta hace un momento, llevando al límite la condición de reproductibilidad y por lo tanto llevando los productos culturales a las masas: la fotografía reproduciendo imágenes, momentos; el cine reproduciendo movimiento, secuencias; el fonógrafo reproduciendo secuencias de sonidos exactas a sí mismas (música, texto), el teléfono, transportando el lenguaje por el espacio por encima de los requisitos temporales naturales; la máquina de escribir, el ordenador, llevando la imprenta a casa; la fotocopiadora, la impresora, reproduciendo el libro, el texto; Internet como una enorme biblioteca en casa, infinita, inabarcable.

En definitiva, todo en la Historia de la Humanidad ha sido intentar rebasar límites especiales y temporales que nos imponía como especie el mundo físico; para ello surgió la comunicación escrita, donde inicialmente lo más simple y eficaz (debido a las características y limitaciones medio físico en el cual se daba esta comunicación escrita)  fue especializar las funciones de emisor y receptor, y transformarlos en autor y lector (o consumidor, o usuario).

La primera Internet reproduce el mundo del libro y las bibliotecas, sin sus limitaciones espaciales y de difusión; el papel de autor y receptor no son intercambiables todavía, al contrario de lo que ocurre con la comunicación a través de la lengua hablada. Pero con la Internet de ahora mismo esto ya no es así. La Internet de ahora (web2.0 o red social, que es lo mismoes una gran conversación, en la que los contenidos se generan de los chispazos al conectarse para construir, compartir y colaborar.

En esta época que Internet nos hace vivir, algunos de los límites tradicionales que nos dan seguridad en el mundo físico son ahora mucho menos seguros: en el tiempo, el ahora y el antes (gracias a Internet, ya no hay canción del verano; gracias a Internet todo lo que me perdí por mi edad o por mi ubicación me es ahora accesible); en el espacio, el aquí y el allí; en los productos, el original y la copia; en las funciones, el emisor y el receptor, el autor y el público; en la educación, el enseñar y aprender, el profesor y  el alumno; en la vida y sus actividades, el ocio y el trabajo; en los ámbitos, el público y el privado; en las relaciones personales, la vida personal y la vida laboral...

Esta novedad, como casi todas las que han hecho crecer a la humanidad (leí una vez que Sócrates prevenía contra la escritura, cuya expansión debilitaría según él la capacidad memorística de los jóvenes griegos) genera un rechazo que nace del miedo o del desprecio o de la ignorancia o de las tres cosas. Todos los días, de un modo o de otro, oímos los mismos tópicos: ¡Infantiles! ¡Exhibicionistas! ¡Ególatras! ¡Pretenciosos! ¡Soberbios! ¡Frívolos! ¡Inconscientes! ¡Ociosos! ¡Plagiadores! ¡Vulgares, adocenados! ¡Superficiales!

Y no. Se trata simplemente otra mentalidad. La gente de mi generación se hizo mayor en la idea de que ser trascendente era una obligación; fuimos a la escuela en los últimos tiempos de Franco, hacíamos examen de conciencia, confesábamos los pecados y cumplíamos la penitencia. Somos la generación de la Transición: estábamos a las puertas de la adolescencia o en plena adolescencia cuando murió Franco, y teníamos hermanos mayores. Vivimos esos años de efervescencia, donde todo tenía que tener mensaje, donde uno tenía que definirse, donde había que decidir dónde se militaba y si se militaba, donde votábamos si votábamos o si votábamos luego si votábamos, octavillas, pegatinas, fiestas del PCE, asambleas, sentadas, cines de arte y ensayo, versiones subtituladas, los grises, los fachas... Donde los no concienciados, los frívolos, los superficiales eran inmediatamente marginados por su pobreza intelectual. Era obligatorio ser trascendente: si el arte no llevaba un mensaje evidente y explícito era rechazado, despreciado, como producto menor, para gente sin inquietudes. Es verdad que tanto mensaje y tanto compromiso acabó hartando, y que bien pronto surgió la Movida. Pero la Movida tardó en ser admitida: sólo lo fue cuando en su irreverencia se descubrió también mensaje y un tipo de compromiso.

Para mi generación, obsesionada por esa trascendencia, sólo merece la pena abrir la boca para pasar a la Historia. Y a mí eso sí que me parece pretencioso, eso sí que es soberbia de verdad: pretender la posesión de las ideas. Es una nueva mentalidad. Hay que reivindicar el eco y el matiz, la humildad: no moverse o moverse sólo para el reconocimiento la originalidad, el descubrimiento, la patente o la paternidad individual es pecado de lesa humildad, de lesa modestia. Pretender pasar a la Historia o, si no, no contribuir, es un comportamiento moralmente dudoso que nace del individualismo romántico, de la galaxia Gutemberg en la que sólo un individuo (el que en un momento se transforma en emisor de un texto escrito) se considera generador y propietario de la idea, por mucho que venga de lejos. Esa mentalidad ordena la sociedad con estructura de árbol, en gurpos jerárquicos según su relación con la autor/idad socialmente reconocida de la Idea; así se ordena el mundo laboral y el educativo. El poder y el conocimiento son unidireccionales, y sólo la posición en la jerarquía determina el grado de autonomía.  Su paradigma es la cultura escrita, lineal, delimitada, autoral.

Pero en la galaxia Berners-Lee que estamos inaugurando el individuo en conexión supera sus limitaciones, porque son las redes de individuos las generadoras de la Idea, los grupos reticulares, cambiantes, horizontales, multidireccionales, autónomos. Su paradigma es la cultura oral, caótica, no delimitada, no lineal, co-autoral: el hipertexto. El Arcipreste de Hita, se me ocurre, hubiera sido feliz aquí.

Entonces, si eternidad y ubicuidad son cualidades divinas, Internet nos hace dioses.

3 jul. 2011

Querétaro y el #15M en #eldiae

En la última edición de El día E, la fiesta de todos los que hablamos español, celebrada el pasado sábado 18 de junio, resultó elegida como palabra más hermosa del español el término Querétaro, propuesto por el actor mejicano Gael García Bernal, y que no es propiamente una palabra del español (como no lo es Santander, propuesta por Botín, en una especie de publicidad por emplazamiento bastante descarada), sino el nombre propio de un estado mejicano.
Desde entonces todos los días leo en la prensa, en blogs o en redes sociales, artículos donde sus respectivos autores se preguntan por qué, por qué fue elegida tan misteriosa palabra. A mí me extraña que cualquiera que conozca lo sucedido en las dos ediciones anteriores del Día E no entienda por qué la gente ha elegido querétaro.
Las palabras, sobre todo las que no se entienden, siempre han ejercido una tremenda fascinación en el ser humano. Ese poder mágico de las palabras lo explota hoy como nunca el mundo de la publicidad: palabras extranjeras, terminología científica o técnica tratan de convencernos de que compremos un producto en lugar de otro. Así esas palabras misteriosas, mágicas se llenan de significados que muchas veces no tienen y se transforman en conjuros o en invocaciones.
Yo creo que algo así ha pasado con querétaro, que la gente la ha votado porque no podía votar otra cosa y porque era la única palabra sin significado entre las propuestas este año por el Día E, y no que todo México la haya votado. Sin significado, significaba cualquier cosa que uno quisiera, y sobre todo significaba torpedear desde dentro la iniciativa.
Porque este año, para evitar los problemas técnicos que surgieron en el 2009 con chapuza y en el 2010 con república, el Instituto Cervantes eligió a 30 famosos de la cultura y el espectáculo (como Boris Izaguirre, Alejandro Sanz, Isabel Allende, Shakira, Ferrán Adriá, Ana María Matute, Raphael, Emilio Botín, Vargas Llosa, etc.) para seleccionar las únicas treinta palabras propuestas a los internautas, de modo que sólo nos quedaba elegir una de entre ellas.
Ya en el 2009 algo relacionado con lo que ahora se llama 15M asomó a la Red, aprovechando la generosidad o la falta de previsión o la simpleza inocente de la propuesta del Instituto Cervantes y eligió chapuza e infamia como las dos palabras ganadoras. Algo similar volvió a ocurrir en el 2010, con república. Este año, el año de la eclosión del 15M y ante la imposibilidad de poder elegir libremente una palabra, ganó querétaro. Yo creo que era lo lógico.