13 jul. 2011

Miguel Gila: Me morí (de Cuentos para dormir mejor)

Hace años leí este cuento de Gila, que me gustó mucho y utilicé mucho en clase. Sirva hoy de homenaje:

Me morí
Yo no he creído nunca en esa historia de la reencarnación, pero después de haberme muerto varias veces estoy empezando a pensar que algo hay de cierto. Aunque les doy un consejo, yo que tengo experiencia. No se mueran nunca, porque después que te mueres ya ni puedes ir al teatro, ni jugar al dominó, ni veranear en una playa, ni ir a un baile, ni nada de nada, lo mejor es no morirse nunca, porque aunque la vida nos dé problemas y a veces depresiones, vivir es muy bonito. ¡Qué puñeta! Se lo digo yo que me he muerto varias veces. La primera vez que me morí, la culpa la tuve yo. Me lo habían advertido: «No te bañes en plena digestión.» Pero yo, con trece años, ¿qué sabía? No hice caso a mis padres y me tiré al agua cuando hacía media hora que me había comido una tortilla de patatas, cuatro filetes empanados, medio kilo de pan, tres empanadillas de atún y dos plátanos, y aunque me apretaron la barriga y me hicieron la respiración artificial, el boca a boca, no dio resultado. Al llenarse de agua los pulmones se produjo el paro cardíaco y ahí terminó la cosa. La verdad es que lo malo no fue morirme, lo peor fue lo mal que lo pasé tragando agua. Yo levantaba los brazos para que mis padres que estaban en la orilla se diesen cuenta de que me estaba ahogando, pero ellos creían que los saludaba y me contestaban agitando alegremente sus brazos. No sé si alguno de ustedes se ha ahogado alguna vez, pero les doy mi palabra de que se pasa muy mal.
La segunda vez que me morí fue durante la guerra civil, tenía yo veinte años recién cumplidos y una novia que se llamaba Inés. Claro que esta vez no es que me morí, es que me mataron.
Estaba yo en las trincheras, tan contento, silbando flojito para que no me oyera el enemigo, cuando de pronto escuché el estruendo de un cañonazo. No me dio tiempo a nada, el proyectil hizo explosión en el mismo lugar donde estaba yo, y aunque me llevaron en una ambulancia de la Cruz Roja, no me dio tiempo a sobrevivir. Cuando llegamos al hospital, el médico de guardia dijo: «No hay nada que hacer, está muerto.» Les digo la verdad, esta vez sí que me molestó morirme, porque no fue como la primera vez que era un crío, esta segunda vez que me morí estaba en la mejor edad para disfrutar de la vida, pero así son las cosas, la muerte nos llega cuando menos lo esperamos. Toda la familia me lloró mucho, sobre todo Inés, porque habíamos convenido que al final de la guerra nos casaríamos. Y no me pude enterar de cuándo acabó la guerra ni de quién la ganó, si los rojos o los nacionales, y es que, aunque uno sabe que más tarde o más temprano se tiene que morir, da mucha rabia morirse a los veinte años. Lo único que me llena de orgullo es saber que morí luchando por un ideal. No culpo a los artilleros, ellos lo único que hacían era obedecer las órdenes de sus superiores, pero en el fondo aquello fue una cabronada, porque analizando el caso, ¿qué satisfacción podían encontrar con matarme?, pero ya se sabe lo que pasa en las guerras, que te matan ¿y a quién vas a reclamar?
Lo peor de morirse, y en esto tengo experiencia, es la forma, porque la muerte puede ser dulce o amarga, depende de cómo se produzca: hay gente que se acuesta, sufre un paro cardíaco mientras duerme y ni se entera de que se ha muerto, pero si te caes por un acantilado o de un andamio, ustedes no se pueden imaginar las cosas que se pueden llegar a pensar durante el trayecto. Y esto lo digo porque me pasó a mí.
La tercera vez que me morí fue al terminar la guerra. Me coloqué de albañil en un edificio de catorce pisos, y aunque no soy supersticioso estaba trabajando en el piso trece cuando llegó el peón con un montón de ladrillos, se movió el andamio, perdí el equilibrio y caí al vacío; en los pocos segundos que tardé en estrellarme contra el suelo pasó por mi mente toda la historia de mi vida, sin dejarme ni un capítulo. Y si entre alguno de ustedes hay un incrédulo, haga la prueba. Es increíble que el cerebro y la memoria, en esos pocos segundos que se tarda en llegar al suelo, puedan alcanzar una velocidad capaz de hacer ese recorrido por toda nuestra vida. Como si se tratara de un reportaje, van pasando todas las conversaciones y las imágenes de todos los años que hemos vivido hasta ese momento.
La cuarta vez que me morí fue por propia voluntad, porque no es que me muriese, es que me suicidé. Y ustedes no se pueden imaginar lo complicado que resulta suicidarse. Es muy difícil conseguir un arma de fuego, y si la consigues, no sabes si es mejor apuntarte al corazón, a la sien o al paladar. Uno siente cierto temor a la hora de apretar el gatillo, por eso, cuando tomé la determinación de quitarme de en medio, la cosa no resultó nada fácil. Ponerse una soga alrededor del cuello, subirse en una silla o en un taburete y saltar tampoco es moco de pavo, y no digamos arrojarse al vacío desde la terraza de un edificio de veinte pisos, y más en mi caso, que ya tenía la experiencia de aquella vez que me caí del andamio. Finalmente tomé la determinación de hacerlo con barbitúricos. Me tomé catorce pastillas de Valium, pero lo único que conseguí fue dormir como un rey cuatro días seguidos. Después me levanté como si nada hubiera pasado, como si hubiera hecho una cura de reposo. Por eso aumenté la dosis y me metí en el cuerpo ochenta y tantas pastillas. Alguien, no recuerdo quién, me encontró en estado de coma, me llevaron a un hospital, me hicieron un lavado de estómago y vuelta a la vida, medio tonto, pero vivo. No les voy a contar los motivos que me llevaron a tomar esta determinación, pero como mi idea del suicidio seguía latente, mezclé ciento veinte pastillas de varios barbitúricos y sólo así me pude suicidar.
Y para terminar les cuento cómo fue la última vez que me morí. Me acuerdo como si hubiera sido ayer por la tarde. Ya tenía yo ochenta y dos años, tal vez ochenta y tres, no lo recuerdo bien, porque a esa edad ya me fallaba la memoria. Lo que sí recuerdo es que mi nieto decía: «A mí me da mucha pena que se muera el abuelito porque siempre que íbamos de paseo me compraba un helado de vainilla.» Yo, la verdad, no tenía muchas ganas de morirme porque era un día de primavera y en la calle hacía un sol precioso, pero a pesar de que en mi horóscopo decía: «Salud, buena», como los médicos dijeron que lo mío no tenía solución, no tuve más remedio que morirme. Me acuerdo de que vinieron al entierro dos viejecitos que eran amigos míos de tomar el sol, pero nunca supe cómo se llamaba ninguno de los dos. También estuvieron en mi entierro algunos vecinos y mis familiares. No puedo recordar lo que dijo el cura, porque como les explicaba antes, aunque el horóscopo decía: «Salud, buena», yo no andaba bien del oído. Recuerdo, eso sí, que después del entierro se fueron todos a sus casas y yo me quedé allí con las coronas y las flores.
Y aquí me tienen, que aparte de algún catarro no he vuelto a tener ningún problema, y es que lo importante es apreciar la vida, porque aunque a veces las cosas no vienen como uno quiere, vivir es muy bonito, ¡qué puñeta!

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