6 jul. 2014

Mi PLE esencial


Después de las últimas entradas y casi como colofón del excelente curso Habilidades digitales de gestión de proyectos para responsables de equipos docentes, del Centro de Formación de Profesores del Instituto Cervantes, voy a destilar aquí cómo creo que funciona esencialmente mi ecosistema de aprendizaje, y, conscientemente, voy a prescindir de los nombres concretos o marcas de las herramientas tecnológicas de las que en tantos casos me sirvo. Son sólo dos pasos:
  1. Recibo estímulos e información desde muchos sitios y desde muchas personas, consciente o inconscientemente enviados y consciente o inconscientemente recibidos por mi parte: las personas que me rodean o que me rodearon: mis profesores, mis alumnos, mi familia, mis compañeros, mis amigos, directamente o a través de las redes sociales; la formación recibida y la que recibo de modo plenamente consciente y más o menos formal (inscripciones a cursos, MOOC), la que me procuro a través de mis libros o mis vídeos, o mis suscripciones o mis redes profesionales o mis sitios favoritos, la que me viene dada por mi vida laboral (documentos profesionales que necesariamente tengo que manejar para hacer mi trabajo)... Todo sirve, todo fecunda el cerebro.
  2. Con una parte (siempre demasiado pequeña) de esa información, puedo hacer tres cosas, no excluyentes: como una biblioteca organizada, retenerla y clasificarla; como un eco o un altavoz, difundirla y matizarla (distorsionarla), y, demasiado pocas veces, como un nodo en la red, recrearla e incluso enriquecerla con mi propia visión o mi matiz. La información pasa por mi boca, por mis dedos, y escribo o hablo: mi cuaderno, mis charlas, mis cursos, y ya lleva también algo de mí.
Lógicamente, entre el paso 1 y el paso 2 puede haber (bueno, en mi caso de hecho hay) un enorme tiempo de latencia. Puede ocurrir también que un estímulo nuevo fecunde una idea vieja u olvidada, que creía muerta o inútil. Y, por supuesto, puede ocurrir que muchos estímulos se pierdan porque mi cerebro no da para tanto. No obstante, sostengo que de algún modo Internet nos hace dioses, porque nos acerca a la inmanencia y a la ubicuidad y atemporalidad. Pero dioses humildes, conscientes de que nada se crea, todo se recrea. Miren:


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