5 jul. 2011

La Historia de la Humanidad hasta hoy

Durante tres días de esta semana he compartido con algunos de mis compañeros de trabajo un taller que hemos titulado HERRAMIENTAS DE INTERNET y que yo subtitulé Desde el despacho de al lado, intentando destacar la horizontalidad y la preponderancia, como metáfora, de las redes sobre los árboles. El objetivo que me marcaron y que originó mi compromiso era sobre todo presentar y juguetear con las herramientas gratuitas que Internet pone a nuestra disposición para mejorar nuestro rendimiento personal y laboral, haciendo nuestra vida más fácil. Yo no soy ninguna experta, ni mucho menos; yo simplemente he jugueteado mucho (o trasteado, como dicen ahora), porque intuía que me podía aportar muchas cosas y allanar muchos caminos.

Pero con las múltiples e inevitables presentaciones y jugueteos se corre el riesgo de montar una especie de álbum o de itinerario de diferentes servicios (que sin duda serán otros pasado mañana) sin que se perciba y ni siquiera se intuya lo realmente importante, es decir: la tremenda dimensión del cambio de paradigma que nos ha tocado vivir. Así que decidí que lo primero que tenía que hacer era enmarcar, hacer explícitas todas las implicaciones, situar esta revolución del conocimiento humano en relación a las otras que ha habido. De modo que era inevitable subirse al púlpito y soltar un sermón, y es lo que hice (reconozco que echar sermones no me cuesta mucho trabajo, porque me viene de familia).

Además, hace mucho tiempo que me pregunto dónde están mis amigos y colegas en Internet.  Le he dedicado mucha reflexión a este asunto, porque me preocupa mucho. Yo misma soy una especie de conversa de las redes sociales; acepté una invitación a Facebook hará tres años y, a pesar de mi pasión por Internet, me borré casi inmediatamente, un poco asustada y sin entender nada. Ahora tengo más "amigos" en Facebook de la edad de mis sobrinos que de la mía, y son poquísimos los que son de mi generación o la de mis hermanos. Mis amigos de toda la vida, mis colegas de casi media vida, la mayoría de ellos pertenecientes al mundo de la docencia, tienen mil prevenciones contra Internet, y no están por ningún lado. A mí me parece terrible que se aparten de la realidad de sus alumnos y que desprecien sin conocerla un arma que está determinando ya y cambiando irremisiblemente el mundo de la educación tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Tengo una teoría de por qué rechazan Internet y sobre todo de por qué rechazan  Facebook o cualquier red social tan virulentamente.

Así que para intentar explicar todo esto, seré breve y hablaré de la Historia de la Humanidad hasta hoy.

La historia de la humanidad hasta el día de hoy ha consistido en perseguir dos de los atributos de la divinidad: la ubicuidad y la eternidad, para romper las barreras que nos imponen el tiempo y el espacio. El ser humano persigue romper la linealidad del tiempo que le lleva del pasado hacia el futuro, y hacerla círculos como quien la hace añicos, recuperando el pasado y haciendo presente el futuro. Y pretende también superar las del espacio y poder llegar más lejos del propio cuerpo y poder estar en muchos sitios a la vez.

En la Prehistoria, el desarrollo del lenguaje fue clave en la hegemonía del sapiens-sapiens. Con el lenguaje, el sapiens tocaba más allá de sus manos, incidía en el exterior más allá de sus manos. Gracias al lenguaje. Un lenguaje no instintivo, un lenguaje que implica socialización, porque es un instrumento que sólo se aprende a usar si lo aprendes de otros (las redes sociales nos hicieron humanos). Un lenguaje hablado que muy pronto se tradujo a símbolos, destinados a otros individuos que no comparten forzosamente ni el mismo tiempo ni el mismo espacio, lo cual anula una de las características fundamentales de la lengua natural: la transitoriedad. Los símbolos garantizan la permanencia en el tiempo, pero también anulan la linealidad del modo de comunicación audiovocal, donde lógicamente para ser comprensible se empieza por el primer elemento (sonido, sílaba, palabra, frase...) de la cadena y se acaba por el último.

La Historia más tarde comenzó con la invención de la escritura (una invención que ocurrió más o menos en muchos lugares distintos a la vez, porque era inevitable). La escritura viene a ser una representación sistemática de la lengua hablada, y por lo tanto, una fijación; con la escritura, la lengua supera los límites espaciotemporales y se hace reproducible en su propia transitoriedad. Al mismo tiempo esa fijación y esa reproductibilidad fijan, consolidan, fortalecen el orden social y económico a través de los contratos, tratados, registros... Poseer o controlar los secretos de la escritura garantizaba poder y hegemonía (recuérdese cómo se maldice a los escribas en el Nuevo Testamento: eran los que escribían y los que interpretaban las leyes). Para quienes no estaban en el secreto, la escritura era casi algo mágico y arcano: pensemos que las religiones hegemónicas fueron las religiones del Libro. Recordemos después a la Iglesia y sus manuscritos miniados, su laborioso proceso de edición que garantizaba una difusión mínima y controlada.

Pero en 1450 Gutemberg, con una vieja prensa de vino tuneada, fabrica la Edad Moderna, a la que sólo ahora estamos despidiendo. La invención de la imprenta acarreó un nuevo mundo: la reproductibilidad propia de la escritura se multiplicaba y aceleraba de un modo inimaginable, y por lo tanto el acceso a los libros se extendía tanto como se abarataba, y sobre todo, dejaba de estar controlado. La copia ahora era exacta, la lectura se democratizaba, y la escritura se desacralizaba, se convertía en negocio, en objeto de comercio, se exploraban nuevos públicos, nuevos temas: un progreso inimaginable, una revolución que ha durado hasta hace un momento, llevando al límite la condición de reproductibilidad y por lo tanto llevando los productos culturales a las masas: la fotografía reproduciendo imágenes, momentos; el cine reproduciendo movimiento, secuencias; el fonógrafo reproduciendo secuencias de sonidos exactas a sí mismas (música, texto), el teléfono, transportando el lenguaje por el espacio por encima de los requisitos temporales naturales; la máquina de escribir, el ordenador, llevando la imprenta a casa; la fotocopiadora, la impresora, reproduciendo el libro, el texto; Internet como una enorme biblioteca en casa, infinita, inabarcable.

En definitiva, todo en la Historia de la Humanidad ha sido intentar rebasar límites especiales y temporales que nos imponía como especie el mundo físico; para ello surgió la comunicación escrita, donde inicialmente lo más simple y eficaz (debido a las características y limitaciones medio físico en el cual se daba esta comunicación escrita)  fue especializar las funciones de emisor y receptor, y transformarlos en autor y lector (o consumidor, o usuario).

La primera Internet reproduce el mundo del libro y las bibliotecas, sin sus limitaciones espaciales y de difusión; el papel de autor y receptor no son intercambiables todavía, al contrario de lo que ocurre con la comunicación a través de la lengua hablada. Pero con la Internet de ahora mismo esto ya no es así. La Internet de ahora (web2.0 o red social, que es lo mismoes una gran conversación, en la que los contenidos se generan de los chispazos al conectarse para construir, compartir y colaborar.

En esta época que Internet nos hace vivir, algunos de los límites tradicionales que nos dan seguridad en el mundo físico son ahora mucho menos seguros: en el tiempo, el ahora y el antes (gracias a Internet, ya no hay canción del verano; gracias a Internet todo lo que me perdí por mi edad o por mi ubicación me es ahora accesible); en el espacio, el aquí y el allí; en los productos, el original y la copia; en las funciones, el emisor y el receptor, el autor y el público; en la educación, el enseñar y aprender, el profesor y  el alumno; en la vida y sus actividades, el ocio y el trabajo; en los ámbitos, el público y el privado; en las relaciones personales, la vida personal y la vida laboral...

Esta novedad, como casi todas las que han hecho crecer a la humanidad (leí una vez que Sócrates prevenía contra la escritura, cuya expansión debilitaría según él la capacidad memorística de los jóvenes griegos) genera un rechazo que nace del miedo o del desprecio o de la ignorancia o de las tres cosas. Todos los días, de un modo o de otro, oímos los mismos tópicos: ¡Infantiles! ¡Exhibicionistas! ¡Ególatras! ¡Pretenciosos! ¡Soberbios! ¡Frívolos! ¡Inconscientes! ¡Ociosos! ¡Plagiadores! ¡Vulgares, adocenados! ¡Superficiales!

Y no. Se trata simplemente otra mentalidad. La gente de mi generación se hizo mayor en la idea de que ser trascendente era una obligación; fuimos a la escuela en los últimos tiempos de Franco, hacíamos examen de conciencia, confesábamos los pecados y cumplíamos la penitencia. Somos la generación de la Transición: estábamos a las puertas de la adolescencia o en plena adolescencia cuando murió Franco, y teníamos hermanos mayores. Vivimos esos años de efervescencia, donde todo tenía que tener mensaje, donde uno tenía que definirse, donde había que decidir dónde se militaba y si se militaba, donde votábamos si votábamos o si votábamos luego si votábamos, octavillas, pegatinas, fiestas del PCE, asambleas, sentadas, cines de arte y ensayo, versiones subtituladas, los grises, los fachas... Donde los no concienciados, los frívolos, los superficiales eran inmediatamente marginados por su pobreza intelectual. Era obligatorio ser trascendente: si el arte no llevaba un mensaje evidente y explícito era rechazado, despreciado, como producto menor, para gente sin inquietudes. Es verdad que tanto mensaje y tanto compromiso acabó hartando, y que bien pronto surgió la Movida. Pero la Movida tardó en ser admitida: sólo lo fue cuando en su irreverencia se descubrió también mensaje y un tipo de compromiso.

Para mi generación, obsesionada por esa trascendencia, sólo merece la pena abrir la boca para pasar a la Historia. Y a mí eso sí que me parece pretencioso, eso sí que es soberbia de verdad: pretender la posesión de las ideas. Es una nueva mentalidad. Hay que reivindicar el eco y el matiz, la humildad: no moverse o moverse sólo para el reconocimiento la originalidad, el descubrimiento, la patente o la paternidad individual es pecado de lesa humildad, de lesa modestia. Pretender pasar a la Historia o, si no, no contribuir, es un comportamiento moralmente dudoso que nace del individualismo romántico, de la galaxia Gutemberg en la que sólo un individuo (el que en un momento se transforma en emisor de un texto escrito) se considera generador y propietario de la idea, por mucho que venga de lejos. Esa mentalidad ordena la sociedad con estructura de árbol, en gurpos jerárquicos según su relación con la autor/idad socialmente reconocida de la Idea; así se ordena el mundo laboral y el educativo. El poder y el conocimiento son unidireccionales, y sólo la posición en la jerarquía determina el grado de autonomía.  Su paradigma es la cultura escrita, lineal, delimitada, autoral.

Pero en la galaxia Berners-Lee que estamos inaugurando el individuo en conexión supera sus limitaciones, porque son las redes de individuos las generadoras de la Idea, los grupos reticulares, cambiantes, horizontales, multidireccionales, autónomos. Su paradigma es la cultura oral, caótica, no delimitada, no lineal, co-autoral: el hipertexto. El Arcipreste de Hita, se me ocurre, hubiera sido feliz aquí.

Entonces, si eternidad y ubicuidad son cualidades divinas, Internet nos hace dioses.
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