
Cada cierto tiempo, y coincidiendo con necesidades administrativas, algún cómico de la lengua sale a la calle y da unas cuantas voces, siempre las mismas: ¡Las lenguas se mueren! Uno de mis favoritos es el forense David Crystal, autor de (...) este impresionante apotegma: "Decir de una lengua que ha muerto es como decirlo de una persona". La muerte de las lenguas (síncope) es un floreciente negocio que cada vez tiene más promotores. El último (...) es un David Harrison que no duda en encadenarse a uno de los más queridos tópicos de la secta, que es el de equiparar la diversidad biológica y la lingüística (...). No es el caso de las lenguas, naturalmente. Porque las lenguas, una forma de respiración articulada, no son seres vivos y no tienen instintos. Son sólo una marca de vida, y más concretamente, de vida humana, pero confundirlas con un ser vivo es lo mismo que confundir un semáforo con una ciudad. Hasta tal punto esa confusión es falsa e inmoral que la muerte de las lenguas (una expresión por lo demás puramente metafórica, porque las lenguas sólo se transforman) es un dictado del instinto de supervivencia humano. A diferencia de los animalitos las lenguas se extinguen por un proceso de decisión voluntaria del hablante, muy parecido al que le lleva a abrir la boca para respirar y seguir comiendo.
Las lenguas mueren porque los hombres quieren vivir, y vivir mejor (de ahí que ninguna comunidad dehablantes abandone una lengua por otra menos útil), y porque el sentido del habla no está en el fetichismo de la diferencia sino en el favorecimiento de la cooperación.
Es curioso, pero la defensa de esas "identidades" suele venir de dos bandos por lo común enfrentados: ciertos progresistas y ciertos conservadores. La jerga del conservadurismo está clara cuando se dice que la "identidad idomática" está en peligro por "la influencia del mundo externo". Estamos hablando de etnias que son secularmente relegadas, olvidadas, mantenidas en los bordes mismos del estado-nación, tratadas como inexistentes y condenadas a condiciones de vida lamentables, y, sin embargo, se teme que dejen de ser lo que son, que el contacto con el resto del país los criollice, los vuelva culturalmente mestizos, es decir, entre otras cosas, se teme que alguna forma de integración a lo externo los saque del abandono y la absoluta marginalidad. Como si hablar kashinahua, ruso, sánscrito, esperanto o glíglico fuera más importante que integrarse a un sistema capaz de otorgarles mejores posibilidades de existencia.
Como si el encierro fuera mejor que el contacto. O como si hablar español fuera el hecho que los coloniza, y no estuvieran sufriendo de una opresión colonial desde ya, desde hace tiempo, desde hace siglos.El concepto de "identidad", sin embargo, también es muy querido en un sector de la izquierda que se describe a sí mismo como progresista. (Piensen en el título del suplemento de El Peruano, Identidades). Es una curiosa elección taxonómica si uno tiene en cuenta que la noción de identidad" parece contradecir la idea de mutación: ser siempre igual a sí mismo, definirse en función de una esencia compartida, una identidad, es la mejor manera de negar la integración, el mestizaje, la transculturación, la hibridez, la heterogeneidad y todas las otras nociones elaboradas hasta hoy para dar cuenta del carácter heteróclito de las culturas latinoamericanas. Pero, sobre todo, es la mejor manera de abolir el cambio como categoría política y como programa de acción social.Quienes quieran defender a los individuos, por sobre el fetiche ilustrado de la lengua, quienes se preocupen por las personas y los grupos de personas más que por la curiosidad anecdótica de qué lengua hablan, deberían, en lugar de llorar la muerte de una docena de idiomas, trabajar para resolver las maneras en que se ha de producir la inevitable integración de sus hablantes al resto de la sociedad, para que esa integración tenga sentido y sea benéfica para esas personas.A veces, da la impresión de que los plañideros de las lenguas en extinción prefirieran la idea de encerrar a los
hablantes de esos idiomas en la vitrina de un museo, rescatándolos así de "la influencia externa", antes que preocuparse por su humanidad y su coyuntura como
personas.
No estoy segura de que uno deba avergonzarse del sentimiento de pérdida que provoca cualquier pérdida, de la nostalgia que provoca la lucha contra un destino inexorable y conocido. Sí, es verdad, las cosas en los museos están muertas. Visitar el Museo de África me conmovió: no hubiera podido conocer esas esculturas fascinantes si alguien no las hubiera profanado de su función y colocado en un museo. Que el tiempo pasa y tiene que ser así es verdad, pero a veces etristece; que las cosas cambien es natural, pero a veces entristece; que la gente pase por el mundo es ley de vida, pero no por eso las pérdidas duelen menos. Claro, que la vida siempre sigue, aunque acabemos volviendo a casa por navidad. No para quedarnos.

