23 nov. 2007

amarillismo gramatical

Hoy hemos cerrado el año formativo, con un encuentro sobre la integración de la cultura en la clase de español. El formato "encuentro" o "tertulia" me gusta mucho porque implica y responsabiliza a los asistentes. A un seminario se puede asistir, pero en un encuentro hay que participar, y esto es muy enriquecedor y dinámico: nunca sabes por dónde va a caminar la reflexión, pues no depende tanto del moderador como de los asistentes, a quienes el azar se ocupa de juntar en un sitio sin saber necesariamente los unos de la asistencia (ni de la existencia, en muchos casos) de los otros; cada uno con su circunstancia, su experiencia y su reflexión. En fin, que el tema era interesante desde el principio y el moderador ha sabido ordenar la reflexión de un modo muy motivador.

Sobre todas las intervenciones ha sobrevolado el apoyo, la negación o el matiz a la ecuación lengua = cultura, o la peligrosísima y recurrente lenguacultura = visión del mundo (en sentido trascendente). José Antonio ha aportado una cita de Octavio Paz en la que dice que el sol no es el mismo cantado en lenguas diferentes, aunque sea el mismo astro y alumbre lo mismo. O sea: que la lengua de algún modo determina la visión del mundo, o que las lenguas arrastran cada una una visión del mundo que les es propia (y esto enlaza con la entrada del otro día). Hemos entrado en las inevitables contradicciones, cuando uno que se manifiesta a favor de esa idea se descubre después defendiendo que aunque la lengua sea la misma, nadie mejor que un colombiano para entender cómo García Márquez ve el mundo (la selva, el Caribe). Luego en qué quedamos. Por Dios, que a mí no me digan que tengo que compartir visión del mundo con la gente de mi pueblo, así, sin mayores precisiones, sólo porque todos (los ciento y pocos) somos del mismo lugar perdido de la meseta, hablamos una misma lengua, un mismo dialecto, somos laístas y sabemos lo que es rastrojo, barbecho, arrejacar, dornajo o trigo de seis carreras. Esta idea es peligrosa, desde luego, y de esto también hemos hablado. Pero es la idea que sustenta muchas actuaciones sobre la lengua. Una vez, fuera de España, encontré a un profesor de vasco que, hablando de su alumnado, decía que enseñaba vasco a "vascos que querían aprender su lengua". Es una metáfora. Muy lejos de la lengua como vehículo, como canal, como sistema de expresión y comunicación natural del individuo. A un paso también de otra idea identitaria ya comentada: mejor no aprender más lenguas (o más lenguas que la tuya) para no contaminarse.


Algo de cierto hay, sin embargo, si entendemos en sus estrictos términos "visión del mundo", o sea: representación mediante una codificación lineal (puesto que el lenguaje es lineal, como la música) de un mundo no lineal; por eso hay que elegir un orden y unos elementos, y disponerlos en el tiempo, mientras que las imágenes o las ideas no tienen tiempo en sí mismas. Para representar esa realidad no lineal, hay que empezar por algún sitio, y unas lenguas lo hacen de una manera y otras de otra. Pero no creo que eso determine, como determina la biología. Una lengua no nos determina: nos acostumbra a ver el mundo representado de una manera.

Quizá por eso una versión utilitaria, frívola e interesada de esta idea siempre me ha dado buenos resultados en clase. Porque es una idea que seduce y atrapa. Es lo que podría llamarse "amarillismo" gramatical. Para que dé todos sus frutos, sin embargo, se necesita un público con voluntad de contaminarse: es decir, de ponerse en la piel del otro y ver el mundo como él para que determinados problemas gramaticales se resuelvan naturalmente, y la gramática de la lengua extranjera, una vez comprendida la visión del mundo que traduce, fluya gramaticalmente con la naturalidad con la que fluye en el hablante nativo, para quien ese dato es transparente y no relevante. Claro que este objetivo último no se cumple; pero sí que es verdad que planteados esos determinados problemas de este modo amarillo que digo, parece como si perdieran ese aura intocable de agujero negro gramatical.

El ejemplo más claro quizás, el verbo "gustar" en español. Frente al voluntarismo o la libertad del individuo respecto del objeto deseado de "to love" o "aimer", el determinismo, la aceptación del deseo como inevitable, fuerza externa que anula nuestra capacidad de decidir: el irresistible atractivo, fuera de mi control y al que no me puedo sustraer y contra el que de nada sirve rebelarse tanto en "me gustan las fresas" como en "me gusta cuando callas". El verbo "amar" existe también en español, sí, pero para lo que de verdad sale del corazón. ¿Aman distinto los francófonos porque conjugan el mismo verbo con la tortilla de patatas que con el ser amado? ¿Aman de verdad los hispanohablantes o se inventan un amor a la medida de su voluntad?

Pero otro ejemplo amarillo podría ser la etimología del futuro simple español y románico, construido sobre una perífrasis de obligación, frente al voluntarismo de "Shall" o "will" o frente al futuro como imperativo del árabe. ¿Tendríamos que sacar conclusiones? ¿Podría relacionarse con fenómenos históricos acaecidos en pueblos que hablan esas lenguas? La gramáticaficción es muy divertida, y da mucho juego.

Otro agujero negro del español: por y para puede abordarse desde la distinción entre dirección y sentido en español, y la poca importancia que otras lenguas le dan a esa distinción: los italianos, que tan obsesionados están con no dominar nunca por y para, tienen una lengua en la que, por ejemplo, hola y adiós se dicen con la misma palabra, y "salutare" sirve lo mismo para saludar que para despedirse.

Y qué decir del juego filosófico que dan ser y estar, las dos del pasado de indicativo, o el ineludible subjuntivo...

Y, para acabar, el género de ciertos sustantivos, en comparación con el de sus equivalentes en otras lenguas, o en una lengua como el inglés, que no lo tiene. O que no lo tiene aparentemente: en muchas canciones, por ejemplo, se dice "Mister Moon" referido a la luna. En árabe luna es masculino y sol femenino, cosa que choca mucho y cuesta aceptar a los hispanohablantes.

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